Estados Unidos está experimentando un crecimiento acelerado en la construcción y planificación de plantas de energía a gas natural, en gran parte impulsado por la creciente demanda eléctrica de centros de datos destinados a soportar tecnologías de inteligencia artificial (IA).
Este fenómeno está generando un récord global en nueva capacidad de generación a partir de gas fósil y desatando preocupaciones climáticas, financieras y comunitarias tanto en el país como internacionalmente.
El boom de la IA, el motor actual de la innovación digital y económica, requiere enormes cantidades de energía para entrenar, operar y mantener modelos de aprendizaje automático y servicios en la nube.
La respuesta de parte de la industria ha sido recurrir masivamente a fuentes de energía convencionales, especialmente gas natural, para cubrir estas necesidades inmediatas de electricidad. Sin embargo, esta dependencia de combustibles fósiles choca de lleno con las metas de reducción de emisiones y sostenibilidad que muchos gobiernos y empresas proclaman.
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Récord de expansión de gas para alimentar la revolución digital
Uno de los hallazgos más impactantes se refiere a la dimensión de la expansión de la energía a gas vinculada directamente a la IA. Según un reporte de The Guardian, la capacidad global de plantas de gas en desarrollo podría crecer casi 50% durante este año, con una parte significativa de ese incremento localizada en Estados Unidos.
Este crecimiento pone al país como líder mundial en nueva generación a gas, en gran medida impulsado por la expansión de centros de datos de alta capacidad que consumen electricidad de forma intensiva.
En EE. UU., estados como Texas, Luisiana y Pensilvania concentran la mayor parte de esta nueva infraestructura a gas, donde casi 58 GW de nueva capacidad están en marcha o en planificación, con instalaciones que buscan satisfacer las tensiones entre la creciente demanda de energía para procesos de IA y las limitaciones de la red eléctrica tradicional.

El recurso al gas natural se ha convertido en la respuesta más rápida para cubrir el enorme consumo energético que provocan los centros de datos. Los datos más recientes indican que más del 40% de la electricidad utilizada por los centros de datos en EE. UU. proviene de gas natural, seguido por energías renovables, nuclear y carbón, una elevada dependencia de combustibles fósiles que plantea serios desafíos para los compromisos climáticos estadounidenses e internacionales.
Expertos climáticos advierten que la proliferación de plantas de gas no solo aumenta las emisiones de dióxido de carbono, sino que también bloquea inversiones y decisiones políticas que podrían favorecer energías renovables, almacenamiento en baterías y mejoras de eficiencia energética.
En un contexto en el que los científicos subrayan la urgencia de eliminar gradualmente los combustibles fósiles, la expansión de infraestructura a gas representa un retroceso significativo en la lucha contra el cambio climático.

Impacto comunitario y resistencia local
El auge de proyectos energéticos vinculados a la IA también ha generado tensiones sociales en varias comunidades. En El Paso, Texas, por ejemplo, la propuesta de construir una planta de energía a gas para abastecer un enorme centro de datos ha encontrado una fuerte oposición entre residentes, que expresan preocupaciones sobre la contaminación del aire, el uso del agua y la calidad de vida.
Estas tensiones reflejan una creciente resistencia ciudadana ante desarrollos tecnológicos que, aunque económicamente prometedores, pueden perjudicar el entorno inmediato de las comunidades involucradas.
Mientras tanto, movimientos comunitarios en otros estados, como un caso reciente en California donde se detuvo temporalmente la construcción de un centro de datos debido a preocupaciones vecinales, muestran cómo los debates sobre energía y clima están penetrando también en las decisiones locales de planificación urbana y regional.
El auge de la demanda eléctrica asociada a la IA también tiene efectos en la economía doméstica. Analistas advierten que la creciente dependencia de gas para generar electricidad, principalmente para centros de datos, podría presionar el precio de la energía al alza, con consumidores que pueden terminar subsidiando indirectamente la infraestructura energética de grandes empresas tecnológicas.

Este fenómeno es parte de un debate más amplio sobre quién asume los costos reales de la expansión digital: si las corporaciones que la impulsan o los hogares y comunidades que sufren las consecuencias económicas y ambientales.
¿Puede la IA coexistir con un futuro climático sostenible?
La presión sobre la infraestructura eléctrica es evidente. Un análisis reciente proyecta que, en los próximos cinco años, la demanda energética en Estados Unidos podría aumentar significativamente debido a centros de datos e industrias intensivas en energía, ante lo cual la red debe evolucionar para integrar mejor energías renovables, almacenamiento y soluciones tecnológicas más limpias.

Sin embargo, la realidad es que mientras se construyen nuevas plantas a gas para satisfacer la demanda inmediata, la transición hacia un sistema más sostenible se ve ralentizada. Esto genera un dilema crucial: cómo equilibrar una demanda creciente de energía para tecnologías avanzadas con la necesidad urgente de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
La expansión de los centros de datos y el crecimiento de la IA han traído beneficios tecnológicos y económicos claros, ampliando capacidades computacionales y servicios digitales. Sin embargo, la manera en que se está satisfaciendo esa demanda energética, con una fuerte dependencia en gas natural, expone una tensión fundamental entre innovación tecnológica y responsabilidad climática.

Para que la inteligencia artificial sea verdaderamente parte de un futuro sostenible, su infraestructura energética debe evolucionar hacia sistemas más limpios, eficientes y resilientes.
Solo mediante políticas que incentiven la integración de energías renovables, soluciones de almacenamiento y mejoras en eficiencia energética se podrá romper la dependencia de combustibles fósiles que amenaza con hipotecar los objetivos climáticos a largo plazo.
El récord de expansión de energía a gas que hoy impulsa la IA podría convertirse en el principal desafío climático de mañana, y la factura, en términos ambientales, sociales y económicos, será pagada por el clima y las comunidades que enfrentan de primera mano las consecuencias de este modelo energético.
2026: avanzar en el camino de la transición
Más que anuncios ambiciosos, 2026 será un año para medir resultados. La movilidad eléctrica y de bajas emisiones dejará de evaluarse por el número de proyectos piloto y pasará a juzgarse por su capacidad de operar a escala, reducir emisiones reales y mejorar la calidad de vida urbana.
Para América Latina, el reto será capitalizar su experiencia en transporte público eléctrico, cerrar brechas de infraestructura y construir políticas estables que permitan que la transición no solo sea verde, sino también inclusiva y económicamente viable.
En este contexto de transformación regional, Latam Mobility invita a formar parte de la Gira de Encuentros 2026, una plataforma clave para conocer en profundidad la evolución del mercado, las tendencias tecnológicas, los modelos de negocio y las oportunidades de inversión que están definiendo el futuro de la movilidad sostenible en América Latina.
La gira recorrerá los principales mercados de la región: Monterrey y Ciudad de México, Brasil, Colombia y Chile. A lo largo de estos encuentros, líderes del sector público y privado, empresas, inversionistas y expertos internacionales analizarán el presente y futuro de la movilidad eléctrica, la innovación tecnológica, la infraestructura, la energía y la economía climática.
La transición ya está en marcha. La Gira 2026 de Latam Mobility será el punto de encuentro para acelerar decisiones, conectar actores clave y construir, de forma colaborativa, la movilidad sostenible de América Latina.
















